Google+ Raúl Acosta: Postrecito #AntesQueMeOlvide

domingo, 29 de abril de 2018

Postrecito #AntesQueMeOlvide

Publicado en el diario La Capital el 29 de Abril 


Conocíamos una señora, en el barrio, que hacía tortas de cumpleaños y casamiento y tenía una hija muy bella. Le decíamos “postrecito”. El uso es perfecto. Un postrecito es algo claramente dulce y de escaso porte, no es una torta.
El postre, “la frutilla del postre”, es un uso metafórico, tiene un uso metafórico y refiere al exceso, al último bocado, a lo que llena dos veces, a lo que concluye una cuestión. Perder con el archirival y que, como frutilla del postre, expulsen al 9 goleador es eso. Que aumente la electricidad y, como postre se corte la energía es eso.
Los médicos, aquellos médicos de barrio que eran un poco clínicos, un  poco especialistas de todo y, en muchos casos, sicólogos, no prohibían todo lo dulce. Cómase un postrecito, pero pequeño. O haga que su señora le prepare una gelatina… son ricas. La belleza de la gelatina es igual a la belleza de la actriz de cine que miramos en la foto. Inaccesible, inexplicable, imposible de resolver. Mejor el postrecito.
El mecanismo de no prohibir totalmente era un reconocimiento a la imposibilidad de quitarnos lo dulce de un modo cáustico, cruel, poco gradual. Nosotros los humanos, pecadores, estamos adaptados a varios pecados capitales. La sal, los hidratos de carbono y la dulzura. Todos aseguran que con poca sal, con poquísimos hidratos de por vida y con casi nada de azúcar la vida se alargaría. Difícil probanza. Hay quienes sostienen que el trigo, como la sal, ya son casi, casi una imposición genética. La sal, por lo pronto, llegó a ser moneda y tras el trigo vinieron las civilizaciones. Con el grano almacenado los ratones y los gatos, que salvaban la cosecha expulsando a los ratones, convirtiéndose en figuras heroicas, casi dioses, pero esa es otra historia.
En aquellos viejos restaurantes (fondas) el postre a elección era queso y dulce o flan con sus variantes, solo, con crema o mixto que era, ni mas ni menos, dulce de leche y crema de leche. Ja. Una latita de aluminio traía el sujeto en cuestión, el postrecito.
De otra época aquella publicidad de una marca de flanes (postres) que debían ser móviles, pero sin romperse. La publicidad mostraba a una mujer joven que sonreía y se alejaba y la voz grave y persuasiva del locutor decía:”… si se mueve es flan Ravanna…” La relación con las nalgas de la niña y el flan era directa y, hoy, por hoy, un atentado de género de carácter delictual… o poco menos.
Teníamos un restaurante comunitario, cuando estudiantes, donde hacían arroz con leche, que sabiamente preparado semejaba al casero. No todos gustan del arroz con leche y confieso mi frustración, de los varios hijos propios y prestados que he criado no he conseguido una, una sola continuidad. El amor por el arroz con leche termina en mi generación. Lástima.
El postrecito, para los que pelean con el exceso de azúcar en sangre, las malas numeraciones de colesterol y triglicéridos y ese abdomen que se niega a achatarse, es una tentación y una salvación. Bueno, tráigame un postrecito. Pequemos pero no tanto. El postrecito resulta asiun engaño del diablo y caemos en su tentación, pero creemos que nos libramos de todo mal porque es poquito y no me hará mal, ya vas a ver…
El postrecito, esto tiene casi rigor científico, no proviene de las madres ni de las tías, que siempre querían y quieren que comamos un poquito mas. El que hace algo rico solo consigue el halago, la lisonja, si lo comemos a cuatro manos y pedimos mas porque debemos sinceridad en este punto: nadie hace una torta para que nos quedemos mirándola. Nadie hace un flan de dulce de leche para que probemos una cucharadita y chau.
El postrecito es un pequeño elemento de tortura de la civilización “light” o “diet”, de esos frascos etiquetados que dicen bajo contenido en colesterol o los mas traicioneros:” no contiene azúcar… agregada·. La última palabrita separada y disminuida. Vamos, si es dulce tiene azúcar y si es galleta, bizcocho, pan y no tiene harina no es un farináceo, es un plástico, que es otra cosa. Las galletitas de telgopor son un invento pos moderno apto para decoración, como las bananas de plástico que le damos a los bebes para que jueguen.
La ciencia, que no se detiene, dicen que ha logrado separar los componentes que a las harinas y las azúcares las vuelven tan adictivas y fabricarlos sintéticamente para que nos engañen y creamos firmemente que nos fajamos con un alfajor y se trate de una ilusión que no hace daño, ni lastima ni engorda y que, por lo tanto, no mata. Puede ser. No es de este siglo negarse a los adelantos. Una factura que aumenta de 10 a 100 y te la rebajan a 95 es cierto, te la rebajaron. Un ayuno riguroso en el que te permiten una rebanada de pan es menos riguroso. El efecto es el mismo: queremos mas. Con aquella niña, la bella ”postrecito”, hoy una bella señora, es lo mismo, es igual. La veíamos pasar una vez, pero si pasaba 10 veces era mejor. Sal, azúcar, pan tibio, vivir  en el pecado y morir enamorado. El resto es sacrificio. Civilización Siglo XXI.

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