Google+ Raúl Acosta

viernes, 25 de mayo de 2018

Azucena #AntesQueMeOlvide

Publicado en el diario La Capital el 25 de Mayo

Entre las maestras de la escuela primaria una fue decisiva, mirando desde la larga distancia que brinda la adultez, para algunas cuestiones de la vida. De mi vida.
Rotar de escuelas y de maestras no era lo usual, pero debía seguir el camino de la vieja que,  a su magisterio, le sumaba la militancia gremial y eso llevaba a que cambiase de colegios y yo detrás.
La señorita Azucena, en rigor Azucena Murillas Reinares de García, con esos hijos que deben andar por la vida como García, pero que seguramente tienen la impronta de esta asturiana que revalidó vaya uno a saber qué títulos y era maestra de grado.
Nunca dudé, leyendo después importantes libracos, que la instrucción formal era real, definitoria y la influencia del profesor, del maestro fundamental. Era fundamental y un maestro que supiese era lo básico.
Aquella señorita Azucena era republicana y tenía un sentido de la democracia que se extendía mas allá de las tablas y de los verbos. Enseñaba dividiendo tortas y sumando manzanas, también explicando los verbos con vuelos de pájaros y sueños.
El teatro de títeres, Juana de Ibarborou, Gabriela Mistral y el periódico del colegio (“El chingolo”, con la explicación de porque un  pájaro y porque ése pájaro) fueron parte de sus tareas.
Se reunían, fuera de las horas de clase, para discutir los temas del gremio, de los sueldos, de las inspecciones y las calificaciones y los cuadernos de tareas que debían llevar. Aquellos maestros participaban de la vida de la ciudad, de sus problemas y nada quedaba fuera, pero nada superaba el mandato: enseñar. Está claro que salíamos con influencias porque estas no cesan, somos aprendices de la vida de modo permanente y todo cuanto recibimos son enseñanzas.
Yo no se hasta que punto no escribo estas líneas porque tuve una seño que enseñaba a dramatizar sobre el bien y el mal con los títeres, y a escribir porque había un periódico donde se podía contar del recreo, de la esquina, de la amistad y de la poesía. No lo se. En lo mas íntimo si lo se. Vengo de la señorita Azucena.
Cuando en el colegio secundario una profesora (Miam era su Apellido, Ana María Miam) preguntó si alguien sabía quien era Martín fierro y Don Segundo Sombra yo dije que sabía de qué se trataba. Esa profesora nos enseño a leer Argentina a través de Hernández y Güiraldes y sostenía que ya habría tiempo para Borges. No escriba poesía, me decía, lea poesía que después surgirá sola. Explicaba Juan Manuel de Rosas con “El Matadero” y decía que Grecia estaba en todas partes.
Cada uno de nosotros es un poco lo que recibe y, como dice Sartre, lo que hacemos con aquello que recibimos. La sociedad puede explicarse de ése modo y reformularse por tal caminito. Claro, es imposible en un día. A la señorita Azzucena le llevó un año que se nos metiese en la cabeza y quedase para siempre el bien y el mal de aquellos títeres de tres dedos y papel macché.
Cuando leo que se enojan (algunos) porque los maestros tienen ideas propias lo que me pregunto es cuando no las tuvieron. La cuestión correcta es que país ofertan las señoritas Azucena de hoy y en qué difieren de aquel que nos sugerían contándonos y predicando con el ejemplo.
No era joven la señorita Azucena, ese “seseo” de su lenguaje me acompaña y cuando lo escucho en las películas españolas me remito a sus clases. A su rodete, sus zapatos de mínimo tacón y un medallón cerrando un ancho pañuelo, casi como mantilla, que llevaba sobre el guardapolvo, siempre impecable.
No fue mi primera maestra, esa lo dije alguna vez, fue Ana Cohen, con un aire de gitana o andaluza, sus definiciones de vida, su cigarrillo en la sala de maestras, sus noviazgos, su soltería y su rebeldía. Tan castigada como la señorita Azucena. Tan diferentes. De Ana, como corresponde ni siquiera pude enamorarme, porque se juntaba con mi madre para charlar cosas del gremio y le quitaba fantasía, supongo ahora, al libre juego de la admiración.
Aquellas maestras llevaban su pelea en la vida como medallas interiores, como un fuego y en el aula lo que advierto es que tiraban vida, esperanzas, alertas, que sonreían pese a todo.
Mínima presunción: No están aquellos salones, aquella vida caminito de ida, las rebeldes del cigarrillo, los amores prohibidos, la lejanía de una patria republicana perdida no están. Presumo. Igual. Nosotros somos los que vinimos de sus enseñanzas en la década del ’50 en una Argentina ya desaparecida. Los adultos del 2025 son los que están hoy en las aulas. Hum. Ojalá escriban bien la palabra: azucena.

Tomás Layús charló con @BigoteAcosta en #LaVeredaDeEnfrente

Volvé a escuchar la nota con el Presidente de la Sociedad Rural de Rosario, Tomás Layús

jueves, 24 de mayo de 2018

"Colonia o país independiente" editorial del @bigoteacosta en #LaVeredaDeEnfrente

Volvé a escuchar mi editorial en #LaVeredaDeEnfrente

La Diputada @AleVucasovich charlo con @BigoteAcosta en #LaVeredaDeEnfrente sobre la Ley de Paridad

Volvé a escuchar la nota con la Diputada Alejandra Vucasovich

Viajero #AntesQueMeOlvide

Publicado en el diario La Capital el 13 de Mayo


Hace poco días volvió un muchacho amigo de Europa, Era su primer viaje. Sonreía. Todavía sus ojos deslumbrados. Pregunté si había sentido algo parecido a lo que me ocurrió en mi primer viaje, al llegar a barajas, el aeropuerto de Madrid y advertir que  había sido un tonto en demorar tanto el primer viaje. Sonrió asintiendo. Natural habitante de playas brasileras y la seguridad de descontrolarse sin qué dirán suele demorar el viaje de este amigo, que pertenece a los que tienen todo el Siglo XXI por delante, a un territorio tan lleno de pasado.
Del mismo modo el yerro de los que vuelven a buscar una casita de un bisabuelo en una lejana comarca y se ciegan ante la carretera y la gran ciudad; en estos casos el pasado abruma tanto que espanta el presente y anula el porvenir.
Son partes de un mismo vuelo. El que viaja está quitando sus pensamientos del sitio de los suspiros y los aromas, los disgustos y las esperanzas cotidianas. El viajero, mas allá del convencimiento de Alfredo Lepera (el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar) no está resuelto, es un proyecto, un boceto, un fantasma, un anhelo, un compás de espera.
Las conexiones de ese intervalo con la realidad suelen aparecer del modo mas raro, sorprendente. En aquella primera vez, sobre 1973 en mi caso, me encontré en Madrid acompañando a un dibujante y creativo madrileño, amigo de amigos, que me llevó hasta el “Puente de los Franceses”.
Mis primeros fogones partidarios y noches de canciones militantes tenían muchas de aquellas canciones de la Guerra Civil Española. “…puente de los franceses, puente de los franceses, mamita mía que bien te guardan, que bien te guardan… quieren pasar los moros, quieren pasar los moros, no pasa nadie, no pasa nadie… porque los milicianos, porque los milicianos mamita mía que bien te guardan…”
Para ellos fue un millón de muertos y solo la Segunda Guerra Mundial puede opacar tanta tragedia al mostrar otra mas grande, pero no mas trágica. Toda guerra es tragedia tal y como se insiste con la palabra. Feo final, secuencia inevitable. Tragedia.
Me contó mi amigo español que su madre, miliciana, hizo de enfermera en ese sitio, en la ladera de aquí del puente, una de las últimas barricadas para que el Ejército de Franco (con “los moros”, por sus regimientos afincados en África Española) no tomase Madrid.
No fue grato para él que yo intentase cantar las coplas de la República, donde está inscripta la que refiere al “puente de los franceses”. No era lo suyo un fogón en Argentina con hijos de viejos militantes, de algunos partisanos, de nostálgicos que de allá se habían venido hacia acá. Era su madre y un dolor que, como dice Marechal, se lleva en el costado (“La patria es un dolor que se lleva en el costado”)
Yo, que desde acá llevaba para allá un dolor referido, ni siquiera exactamente propio, era poco menos que un advenedizo, un intruso en el dolor ajeno.
Lloramos un poco en un sitio cercano donde se pidió una copa y me dijo que su vida (tenía mi edad) no era sencilla porque su madre seguía siendo Republicana, su padre no había muerto en ésa guerra pero si su corazón endeble que en la década del ’50, viendo que Franco no solo que no aflojaba sino que el mundo lo aceptaba, no resistió mas.
Un republicano huérfano, hijo de una militante sin vueltas, en mitad de una ciudad franquista no fue bueno, me dijo. Le creí.
Toda vez que, en los sitios de visita, en los tantos viajes, me cuentan historias menudas para mi, pero definitivas para quien allí estuvo, como sobrevivientes de una lava hirviente, de un terremoto, de una bomba o de una inundación siento lo mismo, que soy un pájaro que llega a mirar en mitad de una tormenta de otros.
El viajero no es un  habitante de sitio alguno, es una nube pasajera. No tiene otro derecho que el de hospedaje transitorio en la memoria del sitio, de su gente, de su historia que, por cierto, deformará, porque eso es traducir, traicionar y eso es re producir, que significa producir de otro modo.
Queda un flaco consuelo: todos somos viajeros en algún sitio y de un modo similar. El mundo estaba cuando llegamos y aquí se quedará cuando dejemos de viajar por sus entrañas, sus cielos y su oscuridad.
Mientras mas pronto comprendamos la liviandad de nuestros días mas fácil haremos el viaje.
He vuelto varias veces al “puente de los Franceses”. Nada en él recuerda aquellos fogones donde aprendí la canción. En mi, por lo demás, queda poco de aquellos fogones de estudiantes. La comida delivery y el MP3 han convertido las reuniones de nostalgia y militancia  en otra cosa.

Esquina #AntesQueMeOlvide

Publicado en el diario La Capital el 24 de Mayo


La palabra esquina se asemeja a peligro, traición, cruce, espalda descubierta pero son sensaciones personales. La definición es mas sencilla: “Ángulo saliente o arista de un objeto, considerado en su parte exterior; especialmente el formado en la calle por el encuentro de dos muros de un edificio”.
La palabra esquina es muy usada por el tango. Como referencia circunstancial: …” yo los espero en la esquina de Suárez y Necochea”… “Yo soy del barrio de tres esquinas, viejo baluarte del arrabal”. El Folk también: “Esquina al campo”… aquí el asunto se complica porque la última esquina en  rigor no existe ya que debe producir el encuentro o la división pero se trata de un sitio de encuentro de musiqueros santiagueños.
El esquinazo, que es dejar plantado en la esquina es también un tango: “para que guardes las flores del olvido porque vos lo has querido, el esquinazo que te doy…”
En ese tango está complicado Villoldo, que es casi una definición del tango.
Cuando Borges define la ciudad:” solo faltó una cosa, la vereda de enfrente” deja puesta la estaca. No hay esquina sin dos partes que se encuentran. Está en la definición.
Si uno decide encontrarse en una esquina está subiendo la apuesta. Donde dos calles se encuentran nos encontraremos.
“La piba de trencitas, la esquina del Normal”, dice Chico Novarro. Todos tenemos una esquina y las ciudades tienen la suyas. Caferata y Urquiza fue, en Rosario, por muchos años, una esquina indicativa. Líneas de colectivos, una súper tienda, cuasi Súper Market (La Buena Vista) y el acceso a la terminal dos calles mas allá. Sarmiento y Córdoba, sitio de Tienda La Favorita, define el centro de Rosario. Alem y Gaboto a “La Vigil” , Biblioteca, Rifa, escuela, talleres, universidad, edificio, referencia social, acaso la mayor obra cooperativa decidida a transformar positivamente el pensamiento popular y por eso mismo devastada. Génova y Cordiviola. Todos tenemos una esquina. En ése sentido me pasa lo mismo que a Ñul, ya que Colón de Santa Fe, mi equipo, está en el fondo de un gran baldío arenoso que nadie recuerda por calles sino allá, en Santa Rosa de Lima (un múltiple choise, murga, candombe, parroquia trucha, barrio de miserias, cancha de Colón, Barrio Centenario) del mismo modo que Ñul está en el parque.
Las esquinas remiten a encuentros y por tanto a su referencial: olvido. En la música popular Corrientes y Esmeralda es, tal vez, la mas renombrada por el tango que la reverencia.,, “ amainaron guapos junto a tus ochavas, cuando un cajetilla los calzó de cross” ( homenaje a Jorge Newbery, introductor del boxeo, hombre de la aviación y, de hecho, miembro de la clase alta de Buenos Aires) En Rosario nada supera a Córdoba y Corrientes donde, hasta que se institucionalizara El Monumento, la ciudad se encontraba para protestar, manifestar y definirse. Esquina emblemática pero sin un oligarca porque se sabe, en Rosario no hay clase patricia fundadora sino inmigrantes que se esforzaron en progresar económicamente.
Hay hermosas definiciones de la injusticia y una de ellas es la que refiere al crimen impune y mal justificado: “ la bala que dobló en la esquina”.
La esquina es el eje de amores desatados. También del plantón y el abandono. “Te esperé en la esquina y nunca vinistes… tal vez vos te fuiste pensando en volver….” Ilusionado el galán. Ja.
Los actos populares, sin embargo, no eligen esquinas sino puntos específicos. Bajada Sargento Cabral, “la mandarina” y ahora algunos otros que la memoria no termina de registrar, pero que refieren a mayor espacio y mas y mejores formas de llegar rápido y desconcentrarse eficazmente.
Un sitio absolutamente metafórico es el de “la esquina donde dobla el viento”. Hay mas: “la esquina del ayer”.
Toda esquina, se insiste en esto, implica dos partes que se encuentran. Acaso la sociedad, nosotros, mis mejores enemigos y mis peores amigos necesitemos una esquina para empezar de nuevo. Y tener alguien que vigile a los vienen de allá, que nosotros estaremos advertidos de los que vienen de acá.
En la esquina de mis anhelos hay un buzón, porque pertenezco a un mundo donde todavía se mandaban cartas. Y botellas al mar con un deseo: que alguien las encuentre alguna vez para que sepa que hasta en el anchuroso mar podemos encontrarnos, mismo que si fuese la esquina de mi casa.

miércoles, 23 de mayo de 2018

"El Patriotismo" editorial del @bigoteacosta en #LaVeredaDeEnfrente

Volvé a escuchar mi editorial en #LaVeredaDeEnfrente

Jesuita #AntesQueMeOlvide

Publicado en el diario La Capital el 23 de Mayo


En realidad no se si el padre Ramos era jesuita. Todos decían eso y yo les creía. Lo conocí en Guandacol, La Rioja. En rigor no se si era Ramos o Peralta Ramos, tampoco se si era uno de los que gobernaba en el Colegio y Universidad de El Salvador en aquellos años, los del 60/70 en Argentina.
El cura Ramos era, a su modo, un cura gaucho. Con un poder de tal magnitud como para convencer a los dueños de la revista que fuésemos a conocer su tarea en aquel sitio, bastante alejado, por cierto, de los vicios urbanos de Buenos Aires. En aquel pueblo había siempre jóvenes de la ciudad participando de “tareas comunitarias, caminatas, conversaciones, ejercicios, ensayos”.
Fin de año en un pueblo pobre fue el título de la nota y la excusa. Allá fuimos el Gianni Mestichelli, italiano del norte y habitante absolutamente contaminado de smog y glamour. Fotógrafo y periodista por el camino a la lejanía.
Tres humedades y tres calores. Sobre el fin de año en Buenos Airees 28 grados y una altísima humedad, insoportable. En San Juan, última parada del avión, 34 grados y menos humedad. Después un viaje dentro del viaje. La larga recta hasta Jachal explicaba la leyenda de la Difunta Correa. Ni árboles ni agua ni gente. La nada misma en esa larga recta. El cruce de la montaña por el Huaco  llevaba a la canción de Buenaventura 
Luna (“…vallecito del Huaco donde nací, sombra del fuerte abuelo que ya se fue…”) poeta y fundador, entre otros conjuntos, de la Tropilla de Huachi Pampa y sostén de los Quilla Huasi, la historia del folkore lo tiene entre sus próceres. Distracción obligatoria. El “zarco” Alejo (José Castorina) y Falú, Eduardo, sus guitarreros. Antonio Tormo su cantor mas famoso. La tropilla trajo el folklore a los programas de radio de Buenos Aires. En Guandacol 46 grados a la sombra, pero nada de humedad.

El cura nos recibió en el pueblo donde un colectivo pasaba dos veces a la semana y un almacén, farmacia, estafeta y comisaría, también enfermería y lugar del teléfono, que todos usaban, daba cuenta de la lejanía. Guandacol queda del lado de acá de la “Cuesta de Miranda”. El lado pobre hasta en paisajes.
Nunca llovía en Guandacol. Cuatro cerros guardaban el pueblito. Cruzar esas montañas que tenían los mismos tajos desde el terremoto de San Juan era mirar el porqué de muchos abandonos. El piso de Guandacol tenía una mínima proporción de Uranio, las pilas duraban poco menos que  nada. Los cerros espantaban las nubes.
Un hombre era dueño del surgente y vendía el agua por horas o medias horas a cada finca mínima donde una uva mezquina y fuerte se criaba. Sin pago del agua no había cultivos. La mejor imagen es el eje de una rueda de carreta. Giraba la rueda y el agua se iba por la acequia hasta quien la había pagado.
Un bicho de la luz, un cascarudo gigante, del tamaño de media mano, se apoyó en la espalda de Gianni la noche del 31, en el patio delante de la Iglesia. Sacámelo fue su única palabra. No habló en toda la cena de fin de año. El cura Ramos no era de rezar mucho. Dio la misa y vino a comer. Chivito muy seco, ensalada de algunas hojas verdes que no comimos y un pan dulce escaso de frutas y de blanduras. Yo coca cola.
Hacia arriba una mina de plata abandonada, como las que se ven en todas las películas yanquis. Con las zorras, los rieles de trocha angosta, las barracas. Cuando no hubo mas plata se fueron, nos dijo el cura. Por allí hacían caminatas los chicos de entre 17 y 22 años. Entrenamiento, nos dijo uno de sus líderes.
Mas allá “el zapallar”. Tres casuchas de tres familias en el predio. Una larga extensión de por lo menos dos canchas de fútbol con zapallos salvajes, de todos los tamaños. La gente viene y los corta, dijo el cura y avisó: “De El Zapallar hacia arriba un paso de contrabandistas que hace muuuucho (estiraba la vocal ex profeso) servía para escapar a Chile en estas épocas, en el verano. Ahora no vamos a ir, es una excursión que haremos con los muchachos.
Por ese camino de ripio rebelde unos camiones llevaban y traían hombres y muchachos hirsutos, silenciosos, que venían a pasar fin de año con los suyos. “Son los retameros”… aclaró. (“Retama. Nativa del noroeste de África y de la Península ibérica. Es xerófila, tolerante a los fríos invernales y a los calores estivales; puede vegetar tanto en suelos calizos como en silíceos desde 0 a 400 ms. Puede formar matorrales muy extensos …”)
Averigüé el significado al volver. Los retameros mueren de tuberculosis antes de los 40 años. Cortan y cortan esas hojas como tubitos, los tiran en ollas inmensas donde la cera que cubre esas hojas sube al hervir, la pescan con largas cucharas, las tiran en tumbas del tamaño de un cajón de manzanas, cuando se enfría recogen esos ladrillones. Las acomodan en el camión. A los 10 días vuelven a su casa. Comieron fideos y tomaron mate cocido a la mañana la tarde y la noche. Durmieron bajo el camión. Esa cera vegetal es la que rebajada, con un 4 a 5 % real, forma parte de lo que se llama…” cera vegetal”.
Le pregunté al cura Ramos si pensaba hacer algo para defender esa explotación. Si, me dijo. Con los chicos estamos preparando un mundo nuevo, mas justo. Donde no haya ni retameros ni juntadores  de leña como únicos oficios. Donde no se venda el agua, pregunté. Eso también, me contestó. Hasta los dichos eran otros. Por estos pagos lo que mata es la humedad. Allá no. Al menos en 1970.