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viernes, 20 de julio de 2018

"La salud es una sola" editorial del @bigoteacosta en #LaVeredaDeEnfrente

Volvé a escuchar mi editorial en #LaVeredaDeEnfrente

Hamaca #AntesQueMeOlvide

Publicado en el diario La Capital el 20 de Julio


Lo que nosotros llamamos hamaca es mas fácil en el diccionario encontrarlo como “columpio”. Un trozo de madera, sujetado por sogas o cadenas a un travesaño de madera o metal, y que se balancea. Se “columpia”. En ese vaivén se condensa el juego, muy usado en jardines y plazas. 
Lo que llamamos hamaca, según los textos, es la “hamaca paraguaya”, la de tela o red de hilos o telas que cruza de un árbol a otro o de una pared a otra y donde, quien la usa, queda suspendido. 
La cuestión se extiende cuando, en cualquier sillón con patas curvas y móviles. decimos que nos “hamacamos”. 
Y termina por enredarse (el lenguaje) cuando, ante una situación difícil decimos: “hay que hamacarse…” 
Nada de esto le quita ni le pone a otra cuestión. La primera vez que nos subieron a una  hamaca. 
Cada uno de nosotros, mas allá del interrogante: ¿cuando fue joven por primera vez en este valle? en algún  momento se encontró con una hamaca. El caso mas común las plazas públicas. Las plazas tenían tobogán, sube y baja y hamacas. Podían tener mas juegos, pero estos tres son la base de cualquier recreación en el siglo XX. En este nuevo siglo que transcurrimos los video juegos han quitado movilidad y acaso desaparezcan los juegos públicos en las plazas. Todo es posible y nada también, como dicen los magos y los cuenteros en las calles. La realidad virtual es, en el fondo, el mundo de los cuentos y los cuenteros. 
Otra variante es la rama lateral, gruesa, en el árbol mas viejo y resistente del jardín, del patio, del terreno del fondo. Y se agrega la cubierta de auto, que muchas veces remplaza al asiento de madera y tiene la misma función: hamacar al nene. Hamacarse. 
Hay un momento que no tiene transferencia y no se puede explicar en detalles. Ese momento es cuando, subidos por primera vez a la hamaca. la empujan hacia delante y hacia atrás y allá vamos, sueltos en el aire, con el vértigo convertido en una angustia momentánea en mitad del pecho. Subiendo y bajando, con el horizonte que se mueve y las espaldas descuidadas al retroceder, por el propio peso, porque la hamaca está buscando el punto medio que la gravedad le indica. 
Alguien, una vez, nos llevó, nos dejó, nos puso en la hamaca. Una primera vez. Alguien que ayudaba a quitar esa sensación vertiginosa. Alguien que sonreía ante nuestro primer grito, nuestro susto. Alguien que brindaba confianza y empujaba.

Después, apenas supimos qué hacer. comenzamos a subir y bajar solos de la  hamaca y “columpiarnos”, hamacarnos. 
No hay dinero que remplace esa primera vez, esas visitas a la hamaca. Para decir mejor: no hay cómo pagar algo que sustituya ese momento, esa persona que empujó la hamaca hacia delante y hacia atrás. 
Hay muchas cuestiones que no tienen remplazo, explicación, sustitución. Una hamaca, la primera vez en el aire, ese instante en que todo se detiene y empezamos a caer, por el propio peso, no se logra describir totalmente y quienes no lo han experimentado no lograrán seguir un relato que no puede sustituir la realidad, aquella realidad. 
Como dice la canción: “pasarán mas de mil años, muchos mas…” y quedará ese instante, único, cuando fuimos por un momento mini pájaros y entendimos el vértigo y la angustia de subir sin saber muy bien hasta donde y descender, sin poder adivinar hasta cuando caeríamos. Y esa ambigüedad de la primera vez. Alguien nos puso en la hamaca y lo hizo. Alguien.
No reivindicaremos ahora paternidades descuidadas y la orfandad del vértigo, la primera escala de las angustias. Diremos, si, que algunas cuestiones de las vidas personales definen a las sociedades. Acaso necesitamos que alguien nos hamaque la primera vez. También puede suceder, como no, que dejemos de hamacarnos y pisemos tierra firme, con un horizonte quieto, común, sin vértigo, de una buena vez. Indicará que dejamos de ser niños. Que es lindo y es feo, pero es inatajable.

jueves, 19 de julio de 2018

"Rifando el pasado se pierde el porvenir" editorial del @bigoteacosta en #LaVeredaDeEnfrente

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Adolescencia #AntesQueMeOlvide

Publicado en el diario La Capital el 19 de Julio


“…Período de la vida humana que sigue a la niñez y precede a la juventud…. (femenina, del latin adolescentia)” Si nos manejamos por el diccionario de la Real Academia Española (RAE) eso es todo.
En aquellos años, caminito de ida en este valle tuvimos, compartimos, padecimos, observamos en los demás y cruzamos sin entender muy bien qué pasaba, por la adolescencia. Algunos, estoy incluído, al comenzar estudios superiores muy jóvenes, no llegamos a entender qué pasaba y deambulábamos entre exámenes y suspiros mal habidos. La adolescencia es un tiempo que tiene existencia ideal y concurso real. No me corresponde el análisis siquiátrico, solo la observancia periodística. 
Entre las cuestiones de irascibilidad, comportamiento errático, repentinos ataques furiosos a la nada y caprichos y llantos la frase era una: “ está creciendo”. La siguiente frase cerraba la historia. “Cuando sea mas grande se le pasará”. 
Una casa con un adolescente era una casa que un día estaba bien y de repente no. Agravaba el problema que, en aquellos años, aún no eran tan condenados, léase bien, aún no eran tan condenados los castigos corporales, de modo que en algunos casos la situación se agravaba porque, ante el desconocimiento del fenómeno (adolecer) los padres pegaban el bofetón o peor. 
En el caso de las mujeres una cuestión absolutamente general y definitivamente especial aumentaba el cuadro: “ le vino”. La primera menstruación tenía lo suyo y las familias debían componerse para decirlo sin decirlo, aceptar el crecimiento y que la naturaleza había decidido algo que no se quiere entender: ya podía engendrar. Ya podía. 
Son tan extrañas estas cuestiones absolutamente generales y obvias que aún hoy nadie maneja claramente este asunto. Un asunto que njo se puede esquivar. Las publicidades, tanto de toallas como de calmantes, definen el grupo a quien dirigen el mensaje. En rigor la publicidad, el mercado, el comercio solo entiende de eso, de quienes pueden consumir un producto y allí dirigen el mensaje. Adolecer no es el problema de la compraventa. Necesitan toallitas higiénicas y estas son las mejores. Punto. 
Vivíamos de un modo diferente, porque aún las sociedades estaban mas compartimentadas y las leyes familiares, casi todas importadas con las diferentes corrientes migratorias, hacían de cada casa una pequeña patria de origen con sus costumbres y sus mandatos. 
Pequeñas patrias diferentes puertas adentro. El ejemplo que puede ilustrar este concepto es la familia siciliana y sus leyes, de las que tanto se ha ocupado el cine. Todas las tribus, de eso se trata, se ocupan de sus crías de un modo que es particular a cada tribu y deberíamos pensar si, abandonados en las ciudades, con costumbres que no entienden y sin referencias de familias que ya no estaban cerradas, esas crías, aquellos adolescentes no eran náufragos en una sociedad que marchaba hacia algún puerto. Alguno. Si se me permite: un incierto puerto del porvenir. 
El llanto fácil, el deseo de desaparecer, la impotencia por no poder resolver ese “que me pasa”, “no se que me pasa” era parte de aquellas adolescencias que acompañábamos esperando, compartiendo el enojo, la furia, el llanto, el silencio, la desaparición con una frase: “ ya se le va a pasar”. 
Nunca pasa la adolescencia. Nunca. Es un buen o un mal fantasma que está a la vuelta de cualquier discusión, diferencia. Una adolescencia mal curada llena la adultez de caprichos, incomprensiones, desubicaciones, miedos, envidias, incapacidad para entender al otro y saber que acaso le pasa lo mismo que le pasó a uno y que ayudar es muy necesario. 
Leo y re leo las disquisiciones sobre ése período tan particular de la vida aquella que vivimos, que supongo diferente a esta, tan llena de objetos universales, informaciones  mundanas que se suman y dan globalizaciones que no imaginábamos y crece una duda.
Aquellas adolescencias mal curadas dieron un país donde eso, la enfermedad del no ser niños ni ser hombres y mujeres, sino un paso intermedio que nadie atiende, nadie explica, nadie valora, nadie mensura en su verdadera dimensión, no es el medio justo de los líos que tenemos como sociedad, una tribu que no se sabe de qué tierra viene y a que tierra va y que no ha dejado de ser adolescente, con lo que eso duele.

miércoles, 18 de julio de 2018

Plantón #AntesQueMeOlvide

Publicado en el diario La Capital el 18 de Julio


Aunque plantón viene de planta no es el aumentativo, es un disgusto. Lo dejaron de plantón. Puede ser haciendo una guardia en la puerta, puede ser en una esquina, donde ”lo dejaron plantado”. Un plantón es un fracaso. También una demostración de fe. 
Como tantas otras cosas que estaban y ya no están, el tiempo se lo está llevando y debe ser mucho el amor, el afecto, la necesidad para quedar de plantón en una esquina. 
Una guardia en el sanatorio o en el hospital es diferente. No es un plantón, son horas decisivas antes o después de una intervención y / o un diagnóstico. No es plantón. Es un tiempo en espera. 
Esperar en la esquina del colegio, en la esquina del trabajo era hacer la guardia, la ronda, era eso: esperar. Tienen esa similitud. El plantón es una cita que falló. No es mas. No es menos. 
Una cita reconoce un trato, un conocimiento, un pacto. Y aquello que hoy sería imposible como argumento. No había un teléfono cerca. El jefe me hizo quedar dos horas mas, no tenía donde y como avisarte. Me imagino lo que habrás sufrido…¿ me perdonás…? 
Quien perdona un plantón está dispuesto a todo, desde el casamiento hasta el “contigo pan y cebolla” (otra antigüedad). 
No hay género en esto. Puede ser el o ella pero en general las niñas esperan menos tiempo por eso, por una cuestión de género. Qué caballero deja a una señorita plantada media hora en una esquina o mejor: que clase de señorita soporta media hora en una esquina, así  fuese una cita concertada con el galán de moda en la tevé. 
Por allí aparece un nudo raro y difícil de explicar. Las mismas niñas que no soportarían, ni siquiera de sus padres, que las demoren un momento hacen guardias de días para conseguir una entrada y poder ver de cerca a su ídolo. Varones igual. Y varones y mujeres por conjuntos que enamoran tanto a unos como a otros. Las guardias por una entrada son plantones como epidemia. Algo mueve a tanto sacrificio. 
De donde se infiere que el plantón es una actitud exagerada del enamoramiento. Del te quiero y listo. 
El dibujo, la foto clásica, la escena clásica es la del enamorado con el ramo de flores en la esquina donde nunca, ay, ella nunca vendrá. En la entrada del cine donde no llegará (y nosotros con las dos entradas sacadas, asientos en la punta, en fin… la suma del pavoteo y la tontera). 
En el restaurante es diferente, porque no es plantón. Pero es ausencia.
El plantón es una exageración del enamoramiento y una ausencia. Estudiando el comportamiento de los primates superiores, esos que negamos ser, tal vez lo que aparezcan sean modos diferentes del plantón. 
Te puse un e-mail, te mandé un correo, te hice una llamada perdida (una “perdida”, dicen los entendidos) te mandé tres “uatsap” y “ni el visto me clavastes…” 
En el amor, esto parece ser  la constante de primates en estado de indefensión urbana, pueden cambiar los modos del olvido, la indiferencia y la seducción, de la ansiedad, el enamoramiento y las relaciones, se puede hablar ahora de feromonas, endorfinas, olores y vestigios de tejidos especiales en las pituitarias. 
El mundo parece que cambia. Todo es posible, pero nada quita que alguien espere y que siga la situación que la historia ha definido como inefable: uno quiere mas, uno quiere menos, los dos se quieren de modo diferente. 
Sigo creyendo que las viejas tribus nómades (los gitanos una de ellas) tienen la maldición exacta para quien les ha hecho un daño en las transacciones comerciales: …”ojalá te enamores…”.
Las viejas tribus saben muy bien que podrán cambiar los modos, pero no hay nada que evite, al enamorado, quedarse de plantón en el pasado, en la memoria, en la foto, en el ojalá vuelva… o algo así. Variantes, todas, del plantón.

martes, 17 de julio de 2018

"Pan y caca de perro" editorial del @bigoteacosta en #LaVeredaDeEnfrente

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Discursos #AntesQueMeOlvide

Publicado en el diario La Capital el 17 de Julio

Los primeros discursos que escuché fueron radiofónicos. No es lo mismo un discurso radiofónico que un discurso de barricada. Que un discurso ”en vivo”. 
Es bien cierto que los discursos de Evita, de quien también escuché discursos en primera versión, tenían cierta ronquera que le daban, le proveían un aire de improvisación que no poseían los de Perón. Los de Perón estaban ordenados para enseñar, para adoctrinar. De cada discurso de Perón se puede extraer un concepto (una orden si quiere mirarlo desde otro costado) que refiere a un punto exacto de la sociedad y cómo debía hacerse, entenderse. 
Los discursos de Balbín tenían una carga particular de amistosa forma de querer convencer al de al lado. Se podían resumir en esta formulación. Esto es lo que pienso y deberías, por el bien de todos, pensarlo de un modo semejante. 
Los de Frondizi debían vencer su forma, su gracejo tan particular, producto de su origen. Esa “elle” alteraba y distraía. Eran discursos en los que incluía datos y puntualizaciones, mas parecidos a una clase que a una barricada o un palco. 
Menciono estos personajes, a quienes vi realizar su acto político, ya que todos son actores políticos de donde descendemos, para diferenciarlos de discursos diferentes. 
El de “pepe” Arias, acaso el mejor monologuista que oí, va por un lado. El cómico que descubre el modo de comunicar como si fuese un político, pero usa su inventiva para la desfachatez y compra con eso. Tato Bores lo imitaría años después, con la ayuda de brillantes libretistas. Enrique Pinti, al no usar libretistas, sigue esa línea y se repite y se repite en un país que también se repite. 
Los discursos llenos de énfasis y vacíos de contenidos de “nené” Thedy, como los largos y fatigosos de Estévez Boero, donde era fácil perderse en oraciones subordinadas, sucumbían ante el exagerado discurso de Alfredo Palacios. Cercano a la comicidad decía cuestiones tan serias y elementales que parecía extraño que no lo escuchasen. Aprendí otra cosa. No solo es lo que se dice sino con quien y donde. 
En la Convención Constituyente de Santa Fe de 1957, caído Perón y aún sin rumbo fijo en el país (tenían necesidad de cambiar una constitución tan popular como la de 1949 y la manera de abolirla era por remplazo) escuché un mendocino que hablaba con vehemencia, con énfasis (veíamos en circuito cerrado, en la farmacia frente al Paraninfo, en la ciudad de Santa Fe) y si no era Tejada Gómez resultaba amorosamente parecido. 
Uno de los discursos que recuerdo con particular y risueña memoria es el de un personaje muy controvertido de nuestra historia política: Rafael Martínez Raymonda, un hombre que hasta tuvo cargos dentro de los gobiernos militares. En aquellos años, sobre 1960, se mofaba de Frondizi porque había mandado una delegación a vender manteca a Thailandia. Recuerdo el hecho porque el recurso de unir, en el discurso, manteca y Thailandia lo volvía, por el énfasis, fácil de recordar, particularmente hilarante. Eso parecía. Hoy se puede reflexionar e insistir: ojalá hubiésemos vendido muchos productos con valor agregado sobre 1960. Con o sin discurso mofándose del intento. 
Después los discursos pasaron a otra categoría. Largos y cansadores, como los de Fidel. Absolutamente telegráficos, como los yanquis. Los discursos se convirtieron en frases. Los discursos mutaron en “eslóganes”. 
Hoy la vida se comunica en 140 caracteres y un lenguaje cifrado. Finalmente no miramos, escuchamos ni aceptamos discursos sino tendencias y encuestas. Es otra cosa. 
Así como se discutía la historia del nacimiento del huevo y / o la gallina deberíamos empezar a estudiar si fue la sordera o la falta de discursos la que provocó tanto ruido que ya nadie escucha ni siquiera el aviso de la muerte del discurso.

Tropezón #AntesQueMeOlvide

Publicado en el diario La Capital el 16 de Julio


Tropezón y ventarrón pertenecen a la misma especie. Palabras que aún existen, que definen un hecho, pero que tienden a desaparecer. El uso da vida a ciertas cosas. El uso de las palabras les confiere inmunidad. Al menos permanencia. 
Un ventarrón es un viento muy fuerte, una ventisca. Palabra que se dice y escribe en masculino únicamente. Es una ventisca. En este caso femenino el término. No es permanente. No sería ventarrón. 
Tropezón, golpe involuntario dado con el pie contra un objeto o contra el suelo que provoca una pérdida momentánea del equilibrio. Masculino. 
Mas allá de su acentuación similar, como el número parecido de letras y de sílabas, un ventarrón no es una tormenta y ya se sabe: un tropezón no es caída. 
Las dos palabras están perdiendo su existencia por el abandono que se ha hecho de las mismas. Ya poco usamos a “ventarrón” para el parte meteorológico. 
Otro uso de ventarrón es el remoquete, sobrenombre con que se identificaba a quien llegaba hecho una tromba, que parecía que se llevaba puesto el mundo y luego se apaciguaba. Era un ventarrón. Todos tenemos entre la gente conocida un ventarrón, un atolondrado, una persona que se entusiasma y estalla pero allí se queda. Existen, solo que no le decimos ventarrón. La palabra se ha perdido, el personaje no. 
“Cabaret, Tropezón, era la eterna rutina, pucherito de gallina, con viejo vino Carlón…” En la descripción de una noche de festejos y vagancia en Buenos Aires la referencia era clara al programa, que después del sitio nocturno indicaba el paso por un restaurante llamado así:”El Tropezón. También el menú de madrugada. En sus últimos estertores lo conocí. Era raro verlo vacío sobre las 12 de la noche, cuando se iban los últimos comensales y volver a llenarse después de la una de la madrugada. Raro y final. Ya no hay sitios así. 
El otro tropezón, el de la definición clásica, nos ha tenido como protagonistas. Una vereda. Una baldosa. Una acción equivocada. Un gesto fuera de lugar. En las caminatas, las transacciones y el amor solemos dar tropezones. Pertenecemos a una especie que repite conducta. Que le pasa eso: tropieza con la misma  piedra. En el amor, en las definiciones políticas, tan llenas de afectos. 
El tropezón define que  no somos perfectos en la marcha. Y que no estamos definitivamente en el suelo. Que simplemente tropezamos. Que el mandato es levantarse y que todos entienden que no estamos caídos, definitivamente en el suelo. 
A veces preguntan por nuestras acciones como pueblo, como masa, como conjunto. Aparecen siempre los que miran desde lo alto, desde cajitas de cristal indicando en donde y como nos equivocamos. Como fue que tropezamos. Solemos verlos como invitados en programas donde explican, en artículos que publican, ensayando una mirada desde fuera. Como si nosotros fuésemos parte de una película que ellos miran desde fuera.
Para un país que construimos entre todos y donde cada uno de nosotros vale un voto, aún estos explicadores de nuestros tropezones, parece raro y poco honesto que nos expliquen algo de lo que fueron, de lo que son parte. Parece raro y poco honesto que nos expliquen porque razones, argumentos, circunstancias fue que tropezamos siendo que tropezaron con nosotros y si, por el contrario, no tropezaron, si sabían que estaba allí la piedra avisar antes hubiese sido necesario porque hay algo seguro. Si nos ponen un cartel que avisa, vereda en mal estado, ojo, guijarros sueltos, piedras grandes en su camino, no se distraiga, piense bien lo que hace, entonces tropezar sería mas difícil. Para decir mejor. No sería un tropezón, sería caer a sabiendas. Eso es otra cosa. Pero ya está dicho. Es una palabra con poco uso, que tiende a desaparecer. Las caídas no. Las recaídas tampoco. Los que ahora explican las caídas tampoco desaparecen, por el contrario, cobran muy bien por decirnos que estamos muy mal, que tropezamos y tropezamos.