Google+ Raúl Acosta: Bares #AntesQueMeOlvide

sábado, 24 de junio de 2017

Bares #AntesQueMeOlvide


Publicado en diario La Capital


Es cierto lo que indica Discépolo: las mesas nunca preguntan, las mesas de los bares reciben sin preguntar (“sobre tus mesas. que nunca preguntan. lloré una tarde el primer desengaño”…)

Los bares de paso porque, justamente, de nada sirve preguntarle a quien pasa y se va. Los bares de rutina, de encuentros, de citas diarias, de costumbres compartidas tampoco preguntan nada porque todo es un gerundio: se está diciendo, se está viviendo el día, la tarde, el encuentro: la vida.

Un día, sobre las calles del centro aparecieron los bares al paso. Los bares “de parado”. Panambí, sobre Córdoba antes de Corrientes, según se suba o pasando Corrientes, si se marcha hacia el río. Sobre la otra punta de aquella calle que resuelve la ciudad estaba El Lido. Y el anterior, el que aún en el siglo XXI y en este año del 2017 conserva su cartel: Sorocabana. También en Córdoba Peatonal. Solo su cartel.

No han muerto lo bares al paso, pero tal vez ahora sea cierto y sean eso: bares de paso. Antes eran paradas. Sitios donde aparecían máquinas nuevas para  el café con concentraciones diferentes y sorbetes particulares. Donde se comentaba la mañana y el partido que fue o el del fin de semana que viene. Ñul y Central. No llegar el lunes tarde si se ganó. Desaparecer si se había perdido.

El Sorocabana en el otro extremo. Nada de sofisticación. Las altas cafeteras industriales, el filtro de tela, el café permanentemente tibio por esas cafeteras “al baño maría” y el ticket / boleto en la caja. Otro ruido, otra velocidad. Otro café.

Los bares para sentarse eran otros. Diferentes y lo dicho: sitios de encuentros con mozos que comprendían el silencio, la confesión, la espera, un solo café en la tarde y, sin premura, vaciaban los ceniceros porque es necesario indicarlo: se fumaba. Bares de café y cigarrillos. Aún no habían descubierto el negocio de “prestar el diario” como un servicio.

En muchos de esos bares se estudiaba o se leía sin apuros. Sin cálculos de horas hombre por cada cuatro sillas ni kilos de café vendidos cada día.

Cada uno tiene sus nombres de café. Sus esquinas, sus sitios. Hasta el mozo de confianza que guardaba las llaves del departamento y daba el mensaje a la señorita que en media hora vendrá con un tapado rojo y que es rubia…

Los bares no eran anónimos. En algunos aún había terrón de azúcar y/o azucarera familiar, de vidrio. No había aire acondicionado ni estufas gigantes. El sandwuich familiar y el café con leche con tres medialunas suplantaban almuerzos o tardecitas bravías. Siempre llegaba alguien conocido. Por eso íbamos al mismo bar tantas veces, tantos días, tanta vida. Bares que no preguntaban nada porque todo se sabía. 

1 comentario :

  1. Mi papa era cajero de sorocabana. Trae mucha nostalgia el articulo. Gracias!!!

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